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The second wind of the satellite industry

December 3, 2025 by
Walter Trujillo Diaz
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Probablemente el citar las tres cosas más relevantes que tuvieron lugar en 1957 no sea algo que fácilmente se recuerde, pero en definitiva sí tuvieron efectos que vivimos hasta nuestros días. El primero de ellos fue la firma de los Tratados de Roma, piedra angular para el inicio de la integración europea, y que eventualmente llevaría a la formación de lo que conocemos hoy como la Unión Europea; el segundo fue la crisis de integración racial en Little Rock, Arkansas, donde nueve estudiantes afroamericanos intentaron asistir a una escuela secundaria previamente segregada, y escaló a tal nivel que el presidente Eisenhower tuvo que enviar tropas federales para proteger a los estudiantes, siendo un momento crucial en el movimiento de derechos civiles en Estados Unidos, que ya no daría marcha atrás; y el tercero, en plena Guerra Fría, cuando el pequeño satélite de la Unión Soviética Sputnik 1, de apenas 83 kilos, empezó a emitir su famoso “bip, bip” sobre nuestras cabezas en octubre de ese año. El mundo entendió que algo había cambiado para siempre, ya que marcó el inicio de la era espacial. 

Pocos años después, en 1962, otro nombre se volvió símbolo de progreso: Telstar 1. Desarrollado por Bell Labs y lanzado en cooperación con la NASA, fue el primer satélite de comunicaciones activo capaz de recibir señales de televisión, telefonía y datos, amplificarlas y retransmitirlas al otro lado del Atlántico. Aquella esfera metálica en órbita media cambió para siempre la forma en que cruzaban el océano las noticias, los Juegos Olímpicos y hasta los conciertos, pasando de la curiosidad científica al corazón de las telecomunicaciones globales. 

Al pasar los años, la industria fue encontrando distintas “alturas” para cumplir distintas misiones. Hoy, cuando hablamos del renacimiento de los satélites, es clave entender las tres grandes familias de satélites conforme a sus órbitas: GEO, MEO y LEO. Los satélites GEO (Geostationary Earth Orbit u Órbita Terrestre Geoestacionaria) se ubican a unos 36,000 kilómetros sobre el ecuador. A esa distancia, orbitan a la misma velocidad angular que la rotación de la Tierra y dan la impresión de permanecer fijos sobre un punto del mapa. Eso permite que una sola antena apunte siempre al mismo satélite, lo que los hace ideales para televisión directa al hogar, enlaces corporativos, difusión de contenidos y ciertas aplicaciones de datos en zonas remotas. Su gran ventaja es la cobertura: con tres o cuatro satélites puedes cubrir casi todo el globo. Su gran desventaja es la latencia: la señal recorre decenas de miles de kilómetros; para aplicaciones interactivas, videoconferencias o videojuegos en línea, esos cientos de milisegundos tienen un impacto. 

Más cerca, en la órbita MEO (Medium Earth Orbit u Órbita Terrestre Media), suelen volar constelaciones como los sistemas de navegación (GPS, Galileo, GLONASS). Su principal órbita se encuentra a unos 20,200 kilómetros de altura, y ofrece una menor latencia que GEO, pero mayor cobertura por satélite que LEO. Es un término medio especialmente útil para servicios globales donde no se requieren tiempos de respuesta tan bajos como en un videojuego, pero sí cierta precisión y confiabilidad. 

Por último, pero no por ello menos importante, se encuentran las constelaciones de satélites de órbita baja o LEO (Low Earth Orbit u Órbita Terrestre Baja), entre unos 160 y 2,000 kilómetros, y es donde hoy ocurre buena parte de la revolución. Los satélites están mucho más cerca de la superficie, la latencia se reduce dramáticamente, el tamaño de los equipos baja y los costos de lanzamiento, producción y reemplazo se vuelven más manejables. Pero también tiene sus retos, ya que cubrir el mundo a esa altura requiere de miles de satélites con una precisa coordinación orbital, y con complejos sistemas de gestión de tráfico espacial, espectro de radiofrecuencia y operación de red. 

Es precisamente con la irrupción de las grandes constelaciones LEO que se ha vuelto a poner al espacio en el centro de la conversación tecnológica, política y económica, y que han hecho que la industria satelital viva un segundo aire renovado después de décadas de un crecimiento relativamente estable, centrado en grandes satélites GEO. 

El protagonista más visible de esta nueva etapa es Starlink, de SpaceX. Desde 2018 ha lanzado más de 10,000 satélites a órbita baja; de ellos, más de 8,600 se mantienen operativos, conformando la mayor constelación de la historia. Con esta infraestructura, el servicio que brinda ha superado los 8 millones de clientes en más de 150 países, consolidándose como un actor real en el mercado de banda ancha fija y en servicios de conectividad para barcos, aviones y zonas rurales. Pero Starlink ya no está solo. 

Amazon ha dado el salto con su proyecto, antes conocido como Kuiper y recientemente rebautizado como Amazon Leo, subrayando que también se basa en satélites de órbita baja. Con más de 150 satélites en órbita y un ambicioso plan para desplegar más de 3,000, Amazon Leo busca integrarse con la nube de AWS y ofrecer velocidades de hasta 1 Gbps, empezando por clientes residenciales, PyMEs y sectores como aviación, agricultura y operadores de telecomunicaciones que quieran extender su huella a zonas desatendidas. Europa, por su parte, apuesta por una estrategia híbrida. Eutelsat, el tradicional gigante GEO, se fusionó con OneWeb para combinar su flota geoestacionaria con una constelación LEO de más de 600 satélites alrededor de los 1,200 km de altura, diseñada para ofrecer conectividad de baja latencia a escala global. Y en el otro lado del tablero geopolítico, China impulsa sus propias mega constelaciones, como Guowang, un proyecto que prevé más de 13,000 satélites LEO y variantes en órbita más alta, concebido expresamente como respuesta a Starlink y como infraestructura de conectividad para su esfera de influencia económica. 

Como podrán imaginarse, este “segundo aire” no es sólo tecnológico, sino también estratégico. El control de las constelaciones de comunicaciones se ha vuelto un tema de soberanía, seguridad nacional y competitividad económica. Los satélites ya no son únicamente antenas en el cielo; son parte del tejido crítico que sostiene la economía digital, la logística, la defensa y la vida cotidiana. 

Una de las grandes lecciones de estos años es que ningún tipo de órbita basta por sí solo. La industria ha descubierto que las soluciones híbridas, que combinan GEO, MEO y LEO, permiten dar un mejor servicio y aprovechar las virtudes de cada capa. Así que muchos operadores y gobiernos empiezan a diseñar arquitecturas “multi-órbita” que puedan mover el tráfico dinámicamente entre satélites GEO, MEO y LEO, e incluso entre operadores distintos, para garantizar calidad de servicio, continuidad operacional y mejores costos. 

El horizonte luce prometedor, ya que hay varias tendencias que explican el por qué la industria satelital vive este segundo aire y por qué, probablemente, seguirá con fuerza: conectividad universal, integración con las redes de los operadores móviles y el papel que jugarán en la seguridad y la resiliencia para mantener la continuidad en las telecomunicaciones ante eventos críticos, como los desastres naturales. Pero también hay retos importantes, como la sostenibilidad espacial, ya que llenar la órbita baja con decenas de miles de satélites no es trivial, puesto que hay riesgos de colisiones, basura espacial, interferencias de radiofrecuencia y afectación a la astronomía. El éxito a largo plazo dependerá tanto de la tecnología como de la gobernanza global del espacio. 

Walter Trujillo Diaz December 3, 2025
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